jueves, 15 de febrero de 2018

MARIO MONREAL, FERNANDO PUCHOL Y JOSÉ MARÍA PINZOLAS, TRES PIANISTAS ESPAÑOLES




Si me lo permitís, quisiera hablaros de tres pianistas españoles, dos valencianos y un santanderino. Los dos valencianos son Puchol y Mario Monreal y el cántabro es José María Pinzolas.
         De Fernando Puchol tengo el recuerdo de verlo en algún programa televisivo y poco más.  Sé que fue catedrático del Real Conservatorio de Madrid y que interpretó integrales de Beethoven, Brahms o Liszt.
         Algo más sé de Mario Monreal, saguntino de 1938, que nos abandonó en el 2010. Lo conocí en la Fundación Juan March en una de esas mañanas en que las lilas explotaban en las tapias de las casas que circundan la Fundación, en los terrenos que un día fueron de Juan Antonio Gamazo y Abarca, I conde de Gamazo. Debía de ser  a mediados de los noventa y Monreal interpretó la integral para piano de Chopin. Lo recuerdo como un gran pianista, que había estudiado en Múnich y en Salzburgo y que me hizo disfruta sobremanera de aquellos conciertos chopinianos.
         Del tercero, supe por mi prima Chuka que vivía en Hamburgo y lo conocía. Pinzolas ha grabado, sobre todo, música española y hace mucho que le he perdido la pista. Ubi est? Recuerdo un disco que se llamaba (cito de memoria) Música en el Museo del Prado que incluía un recital suyo de piano en el citado museo madrileño.
         Pues fijaos bien: estos tres pianistas, los tres muy buenos, los tres con grandes carreras, apenas tienen grabaciones discográficas. El mundo de la música siempre me pareció muy duro y por eso preferí vivir con la música que de la música.
         Vaya este humilde  recuerdo de un melómano  para estos tres grandísimos pianistas, uno de ellos fallecido ya, que demuestran lo duro que es el llegar a ser primera figura en cualquier disciplina.




LA SEGUNDA PASIÓN DE CRISTO




Κα ρχεται ες οκον· κα συνρχεται πλιν χλος, στε μ δνασθαι ατος μηδ ρτον φαγεν.
κα
κοσαντες ο παρ ατο ξλθον κρατσαι ατν, λεγον γρ τι ξστη.
Y llega a su casa (Jesús) y de nuevo se junta tanta gente que no les dejaban ni comer. Cuando se enteró su familia, vinieron a llevárselo pues decían que no estaba en sus cabales. (traducción del autor de la entrada)
         Esto es lo que nos dice San Marcos en su evangelio y, qué queréis, pero a un servidor siempre le ha consolado cuando te chocas con la incomprensión de los demás.
         Imaginaos la escena: Jesús, acompañado de sus discípulos, llega a su casa, a su lugar natal (ες οκον) y la gente que lo iba siguiendo también se llegan hasta la casa y, poseídos por ese interés por Jesús ( no vamos a entrar si en un interés “interesado!” o en un interés “sin intereses”) no les dejaban ni comer. Y ahora viene lo más terrible: la familia, que ya habían oído de sus andanzas, van a buscarlo para llevárselo por la fuerza ( κρατσαι ατν) porque no estaba en sus cabales. ¡Otra vez el cura y el barbero detrás del caballero de la Triste Figura!  ¡Otra vez los cuerdos queriendo apartar a los locos, a los locos de ideales, a los locos de Amor!
Hace años que Juan Manuel de Prada en un brillante artículo decía que existía una segunda Pasión de Cristo. Ahora que entramos en Cuaresma y que todos nos vamos a preparar para la Pasión con mayúsculas, deberíamos pensar que existe otra pasión con minúsculas (o no en tan minúsculas) que le tuvo que ser tremendamente dolorosa a Cristo. Y no hablo de la incomprensión de los sacerdotes y escribas, vamos, de los establecidos en el poder, sino de la incomprensión de las gentes de la sinagoga de Nazaret que lo quisieron despeñar; de la incomprensión de sus propios discípulos que no lo entendieron hasta, -  en el caso de algunos ni siquiera entonces- , después de su muerte y Ascensión cuando la llegada del Espíritu Santo les “clarificó” su mente. No voy a escribir sobre ello ni a tomar el texto griego en el que se narra tan dolorosos episodios, pero sí que voy a llevar ese dolor hasta el paroxismo, cuando la familia de Jesús lo toman por loco y se lo querían llevar para encerrarlo. No es difícil el imaginar el sufrimiento del pobre Cristo rodeado de su familia y queriéndoselo llevar a algún lugar “seguro” porque era un peligro para la sociedad. Os decía al principio que me gusta releer este texto evangélico porque en ocasiones son muchos los que no nos comprenden, los que nos toman por locos, los que nos marginan porque ellos tienen la verdad al cien por cien. En estos momentos, pienso en ese Jesús perseguido, incomprendido, acosado, Él que era la Verdad, y me consuelo. Espero que a vosotros os pase lo mismo.

martes, 13 de febrero de 2018

WALT DISNEY, EL CORRUPTOR DE LA JUVENTUD Y OTRAS PAYASADAS PARA SALIR EN LOS MEDIOS





Pues resulta que la culpa era de Walt Disney, viejo fascista con el estúpido deseo de ser inmortal. Por culpa del señor del bigotillo fascista al estilo de Franco y de Hitler, tenemos esta sociedad de mierda. Servidor, que se crio con sus películas, que ha llorado con la Sirenita y con Pocahontas, que se le partió el alma con Bambi y que leyó con entusiasmo los libros en los que se reflejaban estas películas, es un completo depravado sexual, un criminal, un machista sin remedio y todo por haber visto tus películas, viejo congelado como una merluza. Marta Fornés, una poeta valenciana, lo ha contado todo en un poema y yo he dicho: ¡Tate, de ahí me vienen tantos vicios, tanta depravación, tanto machismo! Si no hubiera llorado en el cine viendo El rey león, yo sería ahora un tipo que respetaría a las mujeres y no sería un cerdo machista. Resulta que Blancanieves practicaba la necrofilia, Cenicienta era una estúpida porque buscaba a un príncipe azul que para algunos era un retrasado; Hércules porque, como todos los héroes griegos, era un macarra, unos proxeneta, un lenón de comedia de Plauto . Resulta que esas imágenes y esas canciones educaban en el machismo porque Blancanieves tendría que haber abierto sus níveos muslos al príncipe y haber fornicado sin rebozo por mucho que la putón de la madrastra y el montero lo hubieran intentado impedir. Pocahontas era una india sin conciencia de su pueblo que se entrega al fascista del capitán Smith. Muy mal, Walt, muy mal. Mis hijos ven unos dibujos animados que son una mierda en los que unos niños monstruosos eructan y peen, pero lo de Walt Disney era mucho peor. Por ejemplo, ¿a quién se le ocurre sino al que asó la manteca el poner con música de la sexta de Beethoven el encuentro amoroso entre los centauros y las centauras? Una mariconada imperdonable, viejo asqueroso de Walt Disney. En la posmodernidad, ese encuentro se hubiera resuelto en un bar de copas, leyendo las putas sombras del Grey y con un par de coitos bien filmados y con sumo detalle como si la película fuera un tratado de ginecología.  Mis hijos, a los que dejo ver las películas que llenaron mi infancia de historias, se están alimentando, sin yo saberlo hasta ahora, hasta que Marta Fornés ha escrito su poema, con bazofia que los convertirá en depravados. ¡Y todo porque el viejo del bigote fascista no le dedicó una peliculilla a los amores de dos ninfas lesbianas que hubieran sido impensables en la época en que se hicieron las películas. (¿Cuándo vamos a dejar de juzgar la historia desde nuestro punto de vista?¿Aguantaremos nosotros los juicios que nos hagan en los siglos venideros? El poema no lo pongo porque no merece la pena. Sí la pena, la puta pena que me da esta sociedad de mierda que estamos creando entre todos. De pena, oye, de puta pena.


lunes, 12 de febrero de 2018

MI AMIGO TINTÍN


Amigo Tintín: ahora que se ponen las cosas difíciles, espero que aparezcas de pronto con Milú y con el capitán Haddock, con esos policías tan torpes que son Hernández y Fernández y que soluciones el problema como tú sueles hacerlo. Querido Tintín, muchacho belga que ha tenido la suerte de no conocer a Puigdemont en su “exilio” de guardarropía, como le hubiera dicho el mencionado capitán, un servidor que te ha leído en tantos libros, cree que eres más necesario que nunca para frenar a tanto desaprensivo como anda por ahí, para hacer un viaje a la luna, para llevarme a Sildavia y para que allí luchemos los dos contra los malos que siguen siendo menos que los buenos, pero que hacen mucho ruido. Quizás Bianca Castafiore no sea la mejor cantante del mundo, pero sus arias han llenado muchas de mis tardes infantiles. Querido Tintín, no quiero entretenerte más y con esta carta te envío una botella de Loch Lomond para que se la des a ese fenómeno que es el capitán Haddock, un tío que me cae de maravilla. Quizás algún día me invite a su castillo de Moulinsart y hablemos del mar y de tus aventuras. Un abrazo, Tintín.

sábado, 10 de febrero de 2018

LA FUNDACIÓN JIMÉNEZ DÍAZ




Para mí, la clínica de la Concepción es una parte importante de mi vida: en ella, allá por los años cincuenta, el doctor Cifuentes operó a mi abuelo Luis de una piedra en el riñón; en los sesenta, mi tía Carmen, hermana de mi abuela Patro, también pasó por la Clínica; a mi padre lo operaron en los setenta y mi madre, en 1981, estuvo ingresada más de un mes y, durante ese mes, la habitación fue también un poco mi casa. Desgraciadamente, cuatro años después, el Lupus eritematoso diseminado que padecía no le dio más tregua y fallecería en la habitación el día 30 de noviembre. Entre medias, consultas con mi madre y consultas conmigo que, al filo de la adolescencia, me vino una hipocondria y me estuvieron haciendo una exploración para ver que, finalmente, todo eran cosas de la edad. La Clínica de la Concepción era en mi casa garantía de seguridad, asidero seguro en los momentos difíciles, puerto en donde atracaban nuestras angustias. Bastaba hablar con el doctor Masjuán, jefe de radiología, para que las puertas de la institución médica se nos abrieran de par en par. Nunca podremos pagar la generosidad de este médico que, allá por los setenta, tenía un Aston Martin matrícula de Bilbao que nos tenía locos a los chicos del barrio.
         Esa Clínica de la Concepción, llamada así por la esposa del fundador, Concepción Rábago, había sido fundada en 1955 sobre lo que había sido la Fundación Rubio por un médico madrileño, hijo de humildes padres, que había nacido un 9 de febrero de 1898. La familia materna procedía de El Molar, un pueblecito de Madrid en donde estaba la panadería de la Tole, que hacía unos milhojas de doble capa absolutamente fastuosos.  Tras unos brillantísimos estudios, pero un tanto especiales pues tan sólo acudía a las clases de Ramón y Cajal, Teófilo Hernando Ortega y Juan de Azúa Suárez y el resto lo estudiaba en libros y en revistas médicas, concluyó su carrera con premio extraordinario en 1919.
         Pasa don Carlos Jiménez Díaz a trabajar en el balneario de La Fuente del Toro en El Molar y, mientras está en el balneario, hace su tesis doctoral. Don  Carlos se marchó a Alemania y allí estudia en Berlín y en Frankfurt auf dem Main. Catedrático en Sevilla con 24 años y con veintiocho en Madrid en donde siguió siendo un maestro de maestros hasta su fallecimiento.
         Sin embargo, don Carlos tenía ya en su cabeza la creación de un Instituto de Investigaciones Médicas que comenzó su andadura en  una de las las aulas de la nueva Facultad de Medicina de Madrid en 1935. La Guerra Civil arrasa la Ciudad Universitaria y don Carlos viaja a Londres y en San Sebastián dirige el Hospital Nuestra Señora de las Mercedes. Acabada la Guerra y ya de regreso en Madrid, don Carlos sigue con su fundación en una casa del barrio de Pacífico hasta que en 1955,  como ya hemos dicho,  abrió sus puertas la clínica que a la que pondría el nombre de su mujer. Don Carlos ejerció un magisterio enorme sobre varias generaciones de médicos que se formaron a su sombra. Sufrió una grave afección en 1963 y, en 1965, una grave accidente de tráfico. Trabajador incansable, acudía a su Fundación con su pajarita y  con unas muletas y en su Clínica le sorprendió la muerte un 18 de mayo de 1967. Los nombres de los médicos que trabajaron en esa Fundación me son, por suerte o por desgracia muy familiares: Masjuán, Cifuentes, Merchante, Gregorio Rábago, José Rallo, González Bueno, Cagigal, Rallo Romero, Esquivel y un largo etcétera de enormes profesionales hacían que en nuestra casa viviéramos un poco más tranquilos. Gracias a todos por su inmensa labor.
 

jueves, 1 de febrero de 2018

EÇA DE QUEIROZ Y PEREDA: DOS MANERAS DE ACERCARSE AL LOCUS AMOENUS





Si el mes pasado era Peñas arriba, este mes de febrero será La ciudad y las sierras de Eça de Queiroz, el gran escritor portugués, el Cervantes luso. Ambas novelas son magníficas y  tratan, mutatis mutandis, de un “menosprecio de corte y alabanza de aldea” como diría mi muy admirado fray Antonio de Guevara, aquél que llegó a ser obispo de Mondoñedo. Sin embargo, hay también entre ellas importantes diferencias que me gustaría destacar.
         En la novela de Pereda, Celso, el protagonista, llega a Reinosa y nada sabemos de cómo era su casa madrileña; Jacinto, el protagonista de Eça,  nos está enseñando su casa y sus fiestas parisinas hasta el capítulo ocho (justo la mitad de la novela) en que se traslada a Tormes. Por tanto, Eça usa ocho capítulos para pintarnos cómo vivía Jacinto en París y contraponer a esa vida de fiestas, lujos y oropeles ( que le acababa cansando y provocando un profundo spleen) la vida reposada de la aldea que le acabará dando a Jacinto  la vida que le robaba la ciudad del Sena. No así en Pereda pues casi nada conocemos de la casa madrileña de Celso y tan sólo la “veremos de pasada”, cuando el protagonista regrese a Madrid para “quemar sus naves”, pero ya hacia el final de la novela.
         Una segunda diferencia importante que veo es que don José María pinta el mundo idílico de la aldea en donde, gobernada por el patriarca por medio del justo sistema político que representa, se desconoce la miseria y todos los habitantes de Tablanca viven en una especie de paraíso terrenal en el que el hambre y la miseria están ausentes. No así en la obra de Eça en donde Jacinto ve la pobreza y la remedia. Cuando le preguntan que cuál es su idea política, dice que es socialista porque quiere curar la pobreza de los aldeanos. Por tanto, Eça reconoce las imperfecciones del sistema político y el mismo Grillo, el criado negro, le habla a su amo de la gran miseria que hay en Portugal frente a la vida francesa. No existe un mundo idílico en Tormes como sí que existía en la Tablanca de Pereda.
         Una tercera diferencia es que Eça caricaturiza exagerando las fiestas y los jolgorios parisinos y Pereda no lo hace con la figura de Celso del que tan sólo sabemos que era un urbanita madrileño que viaja a ver a su tío Celso. Suponemos sus fiestas madrileñas, sabemos de su asistencia a teatros, pero de pasada, sin que Pereda se meta a describirlos como sí hace Eça, que nos pinta la vida parisina al detalle. Eso, a mi modo de ver, hace muchos más fuerte el contraste entre la “ciudad y las sierras” en la obra del portugués que en la obra del montañés.
         Una cuarta diferencia que encuentro es la crítica que hace Eçá al mundo tecnológico que ya estaba presente a mediados del XIX y que, a finales, estaba llegando a su apogeo con las Exposiciones Universales. Eça de Queroz caricaturiza los ridículos inventos que compraba Jacinto en París y que, lejos de hacerle la vida más fácil, se la complicaban. Pereda no habla de estos inventos quizás porque Madrid no era ( ni es) París.
         Una quinta diferencia es que Celso no tiene un amigo del alma como tiene Jacinto en la persona de Fernández, paisano de las sierras que vive en parís. El Celso perediano, que se acaba casando como Jacinto con una rolliza moza de la aldea, no tiene este alter ego al que comunicar sus cuitas, si bien es cierto que el tío Celso lo haría innecesario. Tanto Fernández como el tío Celso son grandes amantes de la vida natural y acaban de alguna manera contagiando su gusto a los muy civilizados amigo y sobrino.
         Así las cosas, el “menosprecio” de Jacinto es más “doloroso” que el de Celso aun teniendo en cuenta el spleen que lo amargaba. Es capaz el joven parisino, nieto de portugueses de arrancarse de esa vida de falsas y reales comodidades para entregarse sin rebozo a la aldea y, sin embargo, Celso, en su menosprecio, parece dejar menos atrás: quizás un piso de soltero en la calle de Hortaleza en pleno centro de Madrid, pero nunca el palacete en el que había nacido Jacinto.
         En fin, tras estas modestas aportaciones para una mejor lectura de ambas novelas, deciros que la lectura la he hecho en castellano, en la magnífica traducción de Marquina que tan sólo tiene un fallo: traducir milho por mijo y no por maíz. Por lo demás, traslada de manera fantástica el estilo del portugués a la lengua de Cervantes.
         Una muy buena novela esta de Eça de Queiroz que os recomiendo que leáis.


jueves, 25 de enero de 2018

EL DIALECTO CASTELLANO DEL SUR ABULENSE



Cuando un servidor llegó a Ávila, había una chica en clase a la que, durante los primeros días creía andaluza. Un día que le dije que de qué parte de Andalucía era, me contestó que era de Arenas de San Pedro. Y es que en el sur de Ávila se habla el castellano de una manera especial que a mí, en mi incultura juvenil, me pareció andaluz. Luego, a medida que fui adquiriendo algo de cultura ( no mucha, no nos pasemos) me creí que el habla del sur de Ávila era extremeña y así lo he creído hasta que llegó a mi ordenador un artículo que es resumen de la tesis que Raquel Sánchez Romo dedicó a este tema en la Universidad de Salamanca. En el artículo, la profesora Sánchez Romo - que es de Mombeltrán-  y que, por tanto, sabe de lo que habla porque lo habla, nos aclara que la variedad lingüística del sur de Gredos es diferente de la variedad lingüística de los territorios de la Vera cacereña. Así expone ella los que son rasgos comunes:

El sur abulense y el extremeño comparten numerosos rasgos en todos los niveles gramaticales, pero me limitaré a indicar algunos de los fenómenos fonéticos no estándares en este breve bosquejo. Ambas variedades presentan un desarrollo pleno de las características más representativas del español sureño3: aspiración de consonantes implosivas y del fonema velar /x/, neu­tralización de /r/ y /l/ implosivos y finales absolutas, supresión de -d-, -g- y -r- intervocálicas en numerosos contextos, o abertura de vocales finales.

Las dos hablas participan también de otros usos desarrollados por todo el territorio de habla hispana, como el yeísmo, que resulta generalizado en ambas variedades, aunque en las dos existen puntos dispersos de distinción. Otros fenómenos se conocen también en distintas variedades del español, como la conservación de F- inicial latina, que aquí se manifiesta con una aspirada.

            Y unas líneas más abajo,  habla de los fenómenos lingüísticos divergentes:

 

Por ejemplo, a propósito de la variante articulatoria de /s/, en el sur de Ávila se prescinde de la sibilante apical castellana y se opta por una predorso-dental fricativa sorda con contacto con los incisivos inferiores o por una prepalatal fricativa sorda. En el extremeño, González Salgado (2003: 292-294) señala que las variantes más generalizadas son una ápico-coronal en la alta Extremadura y una coronal en la baja Extremadura, aunque también hay zonas en que se prefiere la variante apical (el oriente cacereño) o una pre­dorsal convexa (en la frontera con Portugal).

Extremadura cuenta con abundantes rasgos distintivos de la variedad de Ávila pues, como ya mencioné, del contacto con otras lenguas o dialectos po­demos destacar rasgos no meridionales que se integran en algunas áreas con la innovación del sur: cierre de vocales átonas finales, conservación del grupo latino —mb—, o conservación de las consonantes sonoras en algunos puntos.

También el sur abulense muestra algunos fenómenos poco frecuentes o desconocidos en Extremadura: sustitución de la [cˆ] del estándar por una palatal africada sorda con el dorso de la lengua en lugar de la prepalatal estándar, ceceo de la labiodental fricativa sorda /f/, cambio de /s/ > /r/ en posición implosiva, o la velarización de la nasal /n/ en posición implosiva o final de palabra, que provoca la nasalización de la vocal precedente.

 

         Maravilloso el artículo que, convertido en una entrada de mi humilde blog,  dedico a mi compañero Cecilio Vadillo que, aunque nació en Francia es habitante de ese paraíso que se llama El Arenal. Por cierto que el inefable Daniel Peces dice siempre en su programa Con la música a todas partes que él es de habla extremeña. Pues no; según esta erudita profesora de las Cinco Villas el habla del sur de Ávila es diferente. Tomemos nota.