martes, 14 de junio de 2016

MEMORIA DEL PÁJARO DE JESÚS MONTIEL




         Hay libros que te van calando poco a poco como la nieve va entrando en los prados de mi Liébana, como las nubes van dejando su carga plomiza en Peña Labra y van formando arroyos. Hay libros que se van encarnando en el corazón y, con el tiempo, los has hecho tuyos porque, quizás, lo que escribimos los poetas no es nuestro, sino de nuestros lectores que lo viven. Hay libros que los deseas y que no te llegan por problemas de distribución, como en esos sueños extraños en que quieres gritar y no puedes y que, cuando los lees, te colman, te llenan de una luz de brasa, de leche de infancia, de miel caliente; hay libros que están atentos a las cosas pequeñas, al silencio sólo roto por el canto del pájaro, a la mañana prístina en la que un dios creó el mundo. Hay libros premiados, pero que no hubieran necesitado el premio porque ellos son los que premian al jurado que los ha elegido. Hay libros que se te quedan en la memoria como el aleteo de los gorriones mañaneros, como los vuelos perfectos de los vencejos, como los pasitos cortos y torpes de los gorriones. Hay libros como Memoria del pájaro que son un gozo leer y que te hacen creer de nuevo en la poesía, prisionera de poetas garbanceros que buscan el premio que les concede el muñidor de turno para segur encaramados en los puestos de Ayuntamientos, Consejerías y Gobiernos. Hay poetas y poetas como Jesús Montiel que no miente, que no imposta su voz, que tiene un fablar verdadero. Por eso lo leo, porque su voz, siempre con las cosas pequeñas, con lo insignificante, pero lleno de significado para quien lo sabe ver, es también mi voz. ¡Ah, por cierto! Esa tontería de que es discípulo de D’Ors me parece poco inteligente por parte del crítico que la parió. Montiel tiene puntos de contacto con Miguel D’Ors, pero también con Christian Bobin, un gran poeta francés amante también de lo pequeño, de lo sencillo, de lo verdadero.

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