domingo, 5 de noviembre de 2017

CASA TRESPALACIOS




Yo era un rapaz y no sabía el porqué de la magia del olor en la tienda de los Trespalacios. Cuando entraba, veía les madreñes en el techo y el quesu de Cabrales con su hoja de plágano. Entonces Arenas de Cabrales tenía la magia de ser la puerta del Naranjo, del Urriellu, del señor de los Picos. Subir hasta Bulnes era subir por un sueño, ascender por aquel camino que comenzaba en el puente de la Jaya y terminaba en el cielo, aquel cielo en el que la Guilermina, como la madre de Vladimir Holan, hacía el café y freía los huevos mientras los macutos y las cuerdas, a la puerta de su bar, esperaban a sus dueños para juntos ascender por la riega de Asotín y la canal de Camburero hasta el Jou sin Terra, a los pies de ese coloso que se teñía de naranja en cada puesta de sol.

         Han pasado años y ya nada queda de aquello como si un mal viento, como si un Nuberu enfurecido hubiese borrado lo que fue mi paraíso terrenal, mi tierra prometida. A los montañeros los han sustituido parejas de turistas vestidos en las grandes superficies y no en aquellas tiendas del Rastro madrileño en las que de niño soñaba con las montañas; al olor de las botas y de las cuerdas, los perfumes de las gentes que nada conocen de aquellas montañas salvo lo que han leído en la Wikipedia; al queso de Cabrales de Trespalacios, la asepsia de los envases al vacío.

         Pero aún queda en mi memoria el olor a la aventura, el olor al quesu, el olor que llenaba la tienda de los Trespalacios de Cabrales que, al cabo de los años descubrí que provenía – por favor, guardadme el secreto- , de los jamones ahumados de Tineo cuya piezas colgaban junto a les madreñes.

         Cuando el ángel toque la trompeta, señor Holan, estará nuestra madre haciendo café, pero también estará aquel Arenas de Cabrales que yo conocí en aquel lejano otoño de 1983.


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